Mi Anillo!!!

Hay días en que nada me parece, todo me molesta o todo me preocupa, o todo me deprime. Siento que nada es suficiente. Me quejo de todo, lo que tengo no me agrada y lo que no tengo tampoco me agrada. En fin, es por ello que recuerdo este cuento, que he leído de “Jorge Bucay”:

Había una vez un rey muy poderoso que reinaba un país muy

lejano. Era un buen rey. Pero el monarca tenía un problema:

era un rey con dos personalidades.

Había días en que se levantaba exultante, eufórico, feliz.

Ya desde la mañana, esos días aparecían como

maravillosos. Los jardines de su palacio le parecían más bellos.

Sus sirvientes, por algún extraño fenómeno, eran amables y

eficientes esas mañanas.

En el desayuno confirmaba que se fabricaban en su reino

las mejores harinas y se cosechaban los mejores frutos.

Esos eran días en que el rey rebajaba los impuestos,

repartía riquezas, concedía favores y legislaba por la paz y por el

bienestar de los ancianos. Durante esos días, el rey accedía a

todos los pedidos de sus súbditos y amigos.

Sin embargo, había también otros días.

Eran días negros. Desde la mañana se daba cuenta de

que hubiera preferido dormir un rato más. Pero cuando lo

notaba ya era tarde y el sueño lo había abandonado.

Por mucho esfuerzo que hacía, no podía comprender por

qué sus sirvientes estaban de tan mal humor y ni siquiera lo

atendían bien. El sol le molestaba aun más que las lluvias. La

comida estaba tibia y el café demasiado frío. La idea de recibir

gente en su despacho le aumentaba su dolor de cabeza.

Durante esos días, el rey pensaba en los compromisos

contraídos en otros tiempos y se asustaba pensando en cómo

cumplirlos. Esos eran los días en que el rey aumentaba los

impuestos, incautaba tierras, apresaba opositores…

Temeroso del futuro y del presente, perseguido por los

errores del pasado, en esos días legislaba contra su pueblo y su

palabra más usada era NO.

Consciente de los problemas que estos cambios de humor

le ocasionaban, el rey llamó a todos los sabios, magos y

asesores de su reino a una reunión.

—Señores –les dijo— todos ustedes saben acerca de mis

variaciones de ánimo. Todos se han beneficiado de mis euforias

y han padecido mis enojos. Pero el que más padece soy yo

mismo, que cada día estoy deshaciendo lo que hice en otro

tiempo, cuando veía las cosas de otra manera.

Necesito de ustedes, señores, que trabajéis juntos para

conseguir el remedio, sea brebaje o conjuro que me impida ser

tan absurdamente optimista como para no ver los hechos y tan

ridículamente pesimista como para oprimir y dañar a los que quiero.

Los sabios aceptaron el reto y durante semanas

trabajaron en el problema del rey.

Sin embargo todas las alquimias, todos los hechizos y

todas las hierbas no consiguieron encontrar la respuesta al

asunto planteado.

Entonces se presentaron ante el rey y le contaron su fracaso.

Esa noche el rey lloró.

A la mañana siguiente, un extraño visitante le pidió audiencia.

Era un misterioso hombre de tez oscura y raída túnica

que alguna vez había sido blanca.

—Majestad –dijo el hombre con una reverencia—, del

lugar de donde vengo se habla de tus males y de tu dolor. He

venido a traerte el remedio.

Y bajando la cabeza, acercó al rey una cajita de cuero.

El rey, entre sorprendido y esperanzado, la abrió y buscó

dentro de la caja. Lo único que había era un anillo plateado.

—Gracias –dijo el rey entusiasmado— ¿es un anillo mágico?

—Por cierto lo es –respondió el viajero—, pero su magia

no actúa sólo por llevarlo en tu dedo…

Todas las mañanas, apenas te levantes, deberás leer la

inscripción que tiene el anillo. Y recordar esas palabras cada vez

que veas el anillo en tu dedo.

El rey tomó el anillo y leyó en voz alta:

Debes saber que ESTO también pasará.

Necesito mi anillo, es cuando termino de leerlo que recuerdo que “me hace falta leer mi anillo”. Recuerdo que ya lo tengo, Dios mío, gracias por estar ahí, gracias por recordarme, que esto también pasará.

 

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